—¿Así cómo? —pregunté.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Ya sabes cómo es mi mamá. A veces se pone intensa.
Lo miré con una calma que empezó a incomodarlo.
—Tu madre acaba de decir, frente a extraños, que yo no merezco vestirme de blanco porque no tengo familia —le respondí—. Y tú te quedaste callado.
—No es tan simple.
—No. Es más simple de lo que quieres admitir.
Él bajó la voz, intentando recuperar el control.
—Voy a hablar con ella. Se va a disculpar. No conviertas esto en una tragedia.
Eso me hizo verlo por completo.
No estaba pensando en mí.
Ni en mi historia.
Ni en el dolor de la frase.
Estaba pensando en cómo hacer sobrevivible la escena.
—Vete a casa, Sebastián —le dije.
—Viviana…
—Vete. Mañana hablamos.
No insistió demasiado.
Eso también dolió.
Salí a la calle, al aire frío de la tarde, me subí al coche y regresé a mi departamento en Lomas. Uno de los pocos lugares del mundo que seguían siendo enteramente míos.
Sebastián nunca había estado ahí.
No por casualidad.
Él sabía que yo trabajaba en finanzas, que me iba bien, que tenía horarios absurdos, que viajaba mucho y que era celosa de mi privacidad. Sabía que crecí sin padres y que levanté mi vida sola. Pero no sabía lo esencial. No sabía que yo no era una ejecutiva más de Santa Fe. No sabía que yo era la fundadora y directora de Ashford Capital México. No sabía que el edificio de cristal en Reforma con mi apellido grabado en acero pertenecía a mi grupo. No sabía que el gran acuerdo internacional que el despacho de su padre estaba negociando desde hacía ocho meses dependía enteramente de mi firma.
No se lo dije porque quise que me amara sin inclinar la cabeza frente al dinero.
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