—He pasado mi vida invirtiendo en activos infravalorados —continuó Fared—. Tú eres la persona más extraordinariamente infravalorada que he conocido.
Ella miró hacia la ventana, hacia la ciudad inmensa debajo. Allí estaban los puentes, las avenidas, las azoteas, los callejones donde dormía gente como ella, las bibliotecas donde había aprendido sola, las bocas de metro donde el frío parecía no terminar nunca.
—Cien millones no son solo dinero —dijo despacio—. Son poder. Son influencia. Son la capacidad de cambiar cosas. Si acepto eso, no puedo usarlo solo para mí.
Fared sintió que la conversación se alejaba por completo de la lógica con la que había empezado el día.
—¿Y para qué lo usarías?
Harper no dudó demasiado.
—Para que no dependa de la suerte que aparezca alguien y vea a otra niña como yo. Para que las personas brillantes no tengan que llegar hambrientas a una oficina de lujo para demostrar que existen.
Dr. Chen, todavía en shock, se encontró inclinándose hacia adelante.
—¿Estás hablando de una fundación?
Harper lo miró.
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