They were voices of expensive fear.
Harper approached a technical panel, carefully pulled a grid away and glued the ear. Inside, several men spoke with that twitchy tone of those who are not accustomed to the world telling them no. He heard loose words: algorithm, encryption, biometric failure, time, fusion, millions, disaster.
La curiosidad pudo más que la prudencia.
Buscó el conducto correcto, retiró una tapa de ventilación con movimientos precisos y se deslizó hasta el interior de una oficina inmensa que parecía más un palacio moderno que un lugar de trabajo. El suelo brillaba. Había cuadros originales en las paredes, ventanales de techo a suelo mostrando una ciudad diminuta allá abajo y, en el centro, como un altar al poder y al problema, una enorme caja fuerte de acero rodeada por hombres con trajes carísimos y equipos tecnológicos desparramados por el suelo de mármol.
El hombre que dominaba la escena sin necesidad de moverse mucho era Fared Alzahra.
Harper lo reconoció porque había visto su nombre en revistas de negocios y en artículos online durante sus sesiones de biblioteca. Hijo de una de las grandes fortunas petroleras del Medio Oriente. Empresario. Dueño de un conglomerado con tentáculos en tres continentes. Treinta y ocho años. Inteligente, distante, inaccesible. El tipo de hombre del que se decía que podía comprar edificios enteros, cerrar acuerdos multimillonarios durante una cena y arruinar a un competidor con una sola llamada.
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