Y, sin embargo, allí estaba. Mirando una caja fuerte cerrada con una impotencia que casi resultaba humana.
—Hemos agotado todos los métodos convencionales, señor —dijo uno de los técnicos, secándose el sudor de la frente a pesar del aire acondicionado—. Si no conseguimos acceso en la próxima hora, los documentos no llegarán a tiempo.
Fared no respondió de inmediato. Estaba de pie, con la mandíbula tensa, observando el panel electrónico como si quisiera quebrarlo con la mirada. La situación lo enfurecía por razones que iban más allá del dinero. Había construido su vida sobre el control. Sobre la idea de que todo puede resolverse con suficientes recursos, inteligencia y gente cara alrededor. Y ahora una cerradura lo estaba poniendo en ridículo frente a sus propios empleados.
Harper lo observó un segundo más y entendió el problema antes de siquiera acercarse del todo.
Los técnicos estaban atacando el corazón del sistema.
Y el error no estaba allí.
Se quedó quieta, analizando el panel, las luces, los ritmos de parpadeo, el orden de los códigos que aparecían y desaparecían. Le fascinó de inmediato. Era como entrar a una conversación donde todos los adultos hablaban demasiado y nadie escuchaba lo que la máquina estaba diciendo realmente.
Entonces, sin pensarlo demasiado, salió a la luz.
El silencio que provocó fue total.
Cinco especialistas la miraron como si hubieran visto una alucinación. Marcus, el líder del equipo, fue el primero en reaccionar.
—¡Seguridad! ¿Cómo ha entrado una niña aquí?
Fared levantó una mano para detenerlo.
Miró a Harper. A su ropa gastada. A sus pies casi descalzos. A sus ojos azules, demasiado serenos para una niña tan pequeña.
—¿Cómo entraste aquí?
El estómago de Harper rugió antes que ella pudiera responder.
—Tenía hambre —dijo simplemente—. Buscaba comida. Pero creo que ustedes tienen un problema más interesante.
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