PARTE 1
“Si una de ustedes se ve diferente, las cuatro están fallando como hijas”, dijo mi mamá la mañana en que entendí que en mi casa no querían hijas: querían copias.
Yo tenía seis años cuando empezó todo. Mi hermana menor, Camila, apenas caminaba bien. Vivíamos en una colonia tranquila de Guadalajara, de esas donde las vecinas se asoman desde la ventana y todo el mundo opina de la vida ajena. Al principio parecía algo tierno: vestidos iguales para ir a misa, moños del mismo color, fotos familiares donde todos decían: “¡Ay, qué bonitas, parecen muñequitas!”
Pero mi mamá, Martha, no lo hacía por juego.
Cada mañana nos formaba frente al espejo del comedor: Valeria, Ximena, Camila y yo, Sofía. Sacaba una cinta métrica de costura y medía nuestro cabello. Si una tenía un centímetro más que las otras, tomaba las tijeras y cortaba ahí mismo. Mi papá, Jorge, anotaba todo en una libreta: peso, estatura, largo del pelo, tono de piel después del sol, hasta la forma en que sonreíamos.
Cuando entramos a la secundaria, la obsesión se volvió peligrosa.
Valeria desarrolló antes que nosotras. Mi mamá le vendó el pecho tan apretado con vendas elásticas que un día se desmayó en educación física. La escuela llamó a mis papás, pero ellos dijeron que Valeria era dramática, que no desayunaba porque quería llamar la atención. Esa misma noche nos obligaron a todas a usar rellenos bajo el uniforme para “equilibrarnos”.
También nos teñían el cabello cada quince días con el mismo castaño oscuro. El tinte nos ardía tanto que nos rascábamos hasta sangrar, pero si llorábamos, mamá decía que la belleza familiar exigía disciplina.
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