Yo quería entrar al equipo de futbol de la secundaria. Corría rápido, me encantaba sentir el aire en la cara. Pero Ximena odiaba los deportes, así que mi papá lo prohibió.
—Si una destaca, las otras desaparecen —me dijo.
Camila tocaba el violín hermoso. La maestra decía que tenía talento. La hicieron dejarlo porque Valeria no podía seguir el ritmo. Cuando me bajó la regla a los once años, tuve que esconderlo dos años hasta que a todas les pasara. Usaba papel de baño doblado porque pedir toallas sanitarias habría sido aceptar que mi cuerpo iba por otro camino.
Un día me manché el uniforme en plena clase. Nadie entendía por qué no pedía ayuda. Yo solo quería que la tierra me tragara.
Nuestros cuerpos siguieron creciendo diferentes, como cualquier cuerpo normal. Ximena se estiró muchísimo en un verano, y mi papá la obligó a caminar encorvada hasta que empezó a quejarse de dolor en la espalda. Camila era más bajita, así que le pusieron plantillas enormes que le hinchaban los tobillos.
A los quince intenté escaparme. Llegué hasta la central de autobuses, con doscientos pesos escondidos en el calcetín. Mi papá me encontró antes de que pudiera comprar boleto. Esa noche instalaron cerraduras en nuestras puertas, pero solo abrían desde afuera. También pusieron cámaras en la sala, cocina, pasillos y hasta frente al baño.
Después nos sacaron de la escuela.
—Allá las contaminan con ideas de individualidad —dijo mamá.
Entonces apareció el doctor Robles, un cirujano expulsado de Estados Unidos que atendía en una clínica privada de Tijuana. Nos revisó como si fuéramos ganado. Habló de “corregir” pómulos, narices, orejas, labios, incluso nuestras voces.
Mis papás pagaron cuatrocientos mil pesos por adelantado.
La cirugía sería una semana después de mi cumpleaños dieciséis.
Valeria no soportó más y tomó un frasco de pastillas para dormir. Sobrevivió, pero en el hospital preguntaron por las cicatrices de las vendas en su pecho. Mis papás dijeron que ella se hacía daño sola porque tenía problemas con su imagen.
Esa noche adelantaron el viaje.
A las tres de la madrugada, mamá nos dio pastillas “para dormir en el camino”. Yo fingí tragarlas y las escupí bajo la almohada.
A las cuatro menos cuarto llegó la camioneta.
Cargaron a mis hermanas dormidas como costales. Cuando mi papá me levantó, me quedé floja, esperando correr en cuanto pisáramos la calle.
Pero sentí un piquete frío en el cuello.
Mi mamá sonrió con una jeringa en la mano.
—¿De verdad creíste que íbamos a confiar solo en las pastillas?
Y mientras todo se volvía borroso, escuché el motor encender.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La inyección no me durmió por completo. Mi cuerpo se quedó pesado, inútil, pero mi mente seguía despierta, atrapada dentro de mí como si alguien hubiera apagado las luces y dejado la puerta cerrada.
Íbamos rumbo al aeropuerto de Guadalajara. Mi mamá iba repasando la mentira: que viajábamos a Tijuana para un retiro artístico de niñas talentosas. Mi papá la corregía: no era retiro, era programa intensivo. No era Tijuana, primero dirían Monterrey si alguien preguntaba demasiado.
—Jorge, por Dios, aprende bien la historia —susurró ella—. Un error y nos arruinan años de trabajo.
Años de trabajo.
Así llamaban a encerrarnos, medirnos, vendarnos, teñirnos, doblarnos el cuerpo.
Cuando llegamos, nos pusieron sobre un carrito de equipaje. Cuatro adolescentes en sudaderas rosas idénticas, sin moverse, en plena madrugada. La gente miraba y seguía caminando. Una señora con café se quedó observándonos, frunció la boca… y se fue.
Quise gritar, pero mi lengua no respondía.
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